Para a Anna, que gosta do Vitor Ramil e da simbologia da casa na literatura.
Here you'll find comments and stories about my stay in Brazil; translations of Brazilian songs, poems, short stories and pieces of news; photographs. Also, some film and book reviews. In Spanish, Catalan, Portuguese and English.
Saturday, May 08, 2010
Tuesday, May 04, 2010
Ciudad sin sueño
O disco Omega, do cantaor Enrique Morente e o grupo de rock Lagartija Nick, revolucionou o flamenco (tantas vezes revolucionado, apesar dos puristas) em 1996. Nele, Morente musicou poemas do livro Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, e aflamencou músicas de Leonard Cohen (uma delas, "Take This Waltz", por sua vez, criada a partir do "Pequeño vals vienés", também de Poeta en Nueva York).
Para a Ana Santos, que gosta de F. G. Lorca e de L. Cohen:
Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
Para a Ana Santos, que gosta de F. G. Lorca e de L. Cohen:
Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
Sunday, May 02, 2010
Instantànies de Porto Alegre (en català!)
Fotos tirades els últims mesos amb la càmera del mòbil (m'estic aficionant a fer-la servir).
Pels meus germans (en especial pel Ramon, que es nega a llegir res en portuguès) i pels amics de Catalunya que encara entrin al blog (que deuen ser pocs).

Rua da República, una de les
meves preferides de la ciutat.

Café do Mercado. A vegades
hi escric, assegut en un tamboret,
en una taula alta.

Tomàquets farcits, fets per l'Anna.

Vaixell de càrrega
baixant pel riu Guaíba.

Paloma, amiga de la facultat
(en un dels bars de la facultat).

Amiguíssima Anna.

Rua da Praia al matí,
quan els proveïdors dels bars
descarreguen.

Ampolla de Fanta, disseny antic
(no sé per què el van canviar).

Un edifici del centre.

Arbres de la Praça da Alfândega.

Arbre de la caritat (descobert
a l'avinguda Getúlio Vargas).

Home tocant el contrabaix
al Parc de la Redenção.

Un vespre de diumenge
al Parc de la Redenção.

Cícero i Dani, el dia de
l'aniversari (20) del Cícero.

V., fill de la doctora B.
(s'ha de protegir la identitat
dels menors).

Neteja-sabates al centre.

Samarreta-vestit sexy
en una fira de productes de Bahia.


Escultura davant del Cinema Guion
(del que faig jo se'n diu "mão boba").
Pels meus germans (en especial pel Ramon, que es nega a llegir res en portuguès) i pels amics de Catalunya que encara entrin al blog (que deuen ser pocs).

Rua da República, una de les
meves preferides de la ciutat.

Café do Mercado. A vegades
hi escric, assegut en un tamboret,
en una taula alta.

Tomàquets farcits, fets per l'Anna.

Vaixell de càrrega
baixant pel riu Guaíba.

Paloma, amiga de la facultat
(en un dels bars de la facultat).

Amiguíssima Anna.

Rua da Praia al matí,
quan els proveïdors dels bars
descarreguen.

Ampolla de Fanta, disseny antic
(no sé per què el van canviar).

Un edifici del centre.

Arbres de la Praça da Alfândega.

Arbre de la caritat (descobert
a l'avinguda Getúlio Vargas).

Home tocant el contrabaix
al Parc de la Redenção.

Un vespre de diumenge
al Parc de la Redenção.

Cícero i Dani, el dia de
l'aniversari (20) del Cícero.

V., fill de la doctora B.
(s'ha de protegir la identitat
dels menors).

Neteja-sabates al centre.

Samarreta-vestit sexy
en una fira de productes de Bahia.


Escultura davant del Cinema Guion
(del que faig jo se'n diu "mão boba").
Thursday, April 29, 2010
Notícias da Copa do Mundo 2
Que se cuide a seleção espanhola, porque a defesa da Internazionale, que ontem eliminou o Bar$a,... é a defesa da seleção brasileira.PS: Grazie mille, Inter. :) De um torcedor do RCD Espanyol de Barcelona.
Wednesday, April 28, 2010
O sistema vampiro, segundo Ware

Chris Ware, autor de Jimmy Corrigan: The Smartest Kid on Earth e um dos melhores artistas gráficos norte-americanos, satiriza o capitalismo nesta capa da revista Fortune, que foi censurada e substituída por outra, mas está em todas partes na Internet.
Clicar na imagem para ver os detalhes: nos terraços das 500 maiores empresas, os donos e membros dos conselhos dançam e brindam com vinho, guindastes e helicópteros levam para eles carregamentos de dinheiro; no centro, uma chaleira representa o Partido Republicano, ao redor dela dançam seus idiotizados eleitores; o setor financeiro é um casino; Florida, um paraíso da especulação imobiliária; na zona dos grandes lagos, a indústria automobilística está falida; no México, trabalhadores mexicanos são explorados; um outro helicóptero leva o dinheiro dos contribuintes para os três prédios, para resgatar aos especuladores de Wall Street; a Grécia está vazia; as grandes redes de comércio americanas compram barato na China. E deve ter muitos outros detalhes que ainda não vi, como em qualquer desenho de Chris Ware.
Em que estavam pensando, os editores dessa fátua revista, ao encomendarem a capa ao grande Ware? :)
(Obrigado ao Uri por me enviar a notícia.)
Tuesday, April 27, 2010
Música linda de morrer
(Obrigado, Anna.)
Thursday, April 22, 2010
Notícias da Copa do Mundo 1
(Início de uma série que irá até... deixa eu ver no álbum... o dia 11 de julho.)Notícia 1: "Assaltantes roubam lote de 135.000 pacotes de figurinhas da Copa em São Paulo" (Uol). Ou, 675.000 cromos. Ou, mais de R$ 100.000. Não acho que seja para vender. Acho que até os assaltantes ficaram viciados com o álbum oficial da Copa do Mundo...
Notícia 2 (anterior à 1): "O desabastecimento de figurinhas na cidade se São Paulo vem gerando irritação de consumidores e donos de bancas de jornal". A notícia explica que, apesar de ser uma mania há décadas, o sucesso do álbum de figurinhas da Copa deste ano está surpreendendo todo mundo. E todo mundo está irritado com a Panini, que se justifica: "Não esperávamos esta mania, o álbum é um mega sucesso. Os envelopes mal chegam às bancas e já se esgotam. Há colecionadores comprando 50 envelopes de uma única vez" ("colecionadores" = nerds). E um dono de banca diz: "Só hoje eu disse mais de 20 vezes que não tinha mais. Veio um cara aqui e comprou R$ 400! Não entendo uma coisa dessas. Ele era um adulto!". É. Esse é o ponto ao que eu queria chegar. Ele era um adulto. Nós somos adultos.
Porque eu (sim) comprei o álbum na segunda-feira da semana passada, depois de ter postado mais um capítulo de meu romance. Contente, me dei esse presente (e disfarcei comprando também a Folha de S. Paulo e a Piauí), e desde então estou achando um prazer abrir os envelopes (já não há como disfarçar, a cada dois ou três dias compro 10 envelopes na mesma banca, que, estou achando, me dá sorte, tenho poucos cromos repetidos), ver se sai alguma figurinha especial (um time, um estádio, o emblema de alguma seleção, um jogador que eu conheça), passar delicadamente as páginas finas do álbum, colar com atenção, no quadradinho, cada figurinha, alisando-a... Um prazer para lá de relaxante (mais do que o ioga, que também comecei a fazer).
Agora entendo o meu pai. No fim do verão do ano passado, depois de, se não lembro mal, três anos de aposentado, peguei ele sentado à mesa da sala de jantar colando figurinhas num álbum. O álbum, do campeonato espanhol, tinha vindo com o jornal de domingo, e eu não acreditei no que via. Falei: "Fala sério, pai, tu não vai fazer isso...". Ele me olhou, com cara de abobado: "Por que não? Tô gostando...". Eu falei para meu irmão: "Ei, tu, diz para ele não fazer isso!". Meu pai estava aposentado, sim, com muito tempo livre. Mas aquela regressão à infância???
Bom, pai: eu regredi também. E ia escrever este post mesmo antes de saber que tantos marmanjos ("homem adulto, ou abrutalhado") do Brasil estão dedicando seus dias ao mesmo passatempo infantil. Isso não é desculpa.
No início fiquei preocupado. (Ia dizer o quê, à mulher a quem compro sempre a Folha ou o Estadão, quando fosse lá pela segunda vez pedir envelopes? Que eram para o meu filho?; ia pensar o quê, dona Madalena, quando viesse arrumar o apê e visse o "South Africa 2010 FIFA World Cup Official Licensed Sticker Album" ao lado do Dicionário de Sinônimos e Antônimos?; ia reagir como, a amiga e escritora Ana Santos, quando eu lhe revelasse o meu segredo? - ela já reagiu, me disse que podia trocar figurinhas com as crianças às que dá aulas de inglês...; e a Raquel?, a Raquel ainda não sabe...) Nunca reneguei de meu lado infantil, mas, colecionar cromos, nessas alturas? Precisava, de mim para mim mesmo, de uma boa explicação.
A explicação não veio (não tem explicação). Nessa segunda-feira de há duas semanas tive, simplesmente, um impulso (quero esse álbum) e uma intuição: fazer a coleção pode ser relaxante! E a intuição estava certa, está sendo relaxante e gostoso, já disse, meu novo passatempo. Depois pensei em meu pai, entendi ele, com seu álbum do patético campeonato espanhol. E me senti melhor, gostei de estar fazendo como ele. E vieram lembranças de décadas atrás. Especialmente, de um álbum de cromos, que ainda conservo, bem guardadinho, como se fosse um livro, titulado Mamíferos. (Como qualquer criança, eu gostava de golfinhos, mas foi a partir desse álbum, com desenhos hiper-realistas de todas as espécies, que passei a gostar para sempre de cetáceos.) Não conservo nenhum outro álbum. Só lembro de ter completado outro (mas esse não era meu, era de toda a família) sobre "Árvores de Barcelona".
Lembrei, também, das palavras que usávamos para trocar figurinhas (que no Brasil devem ser diferentes; como é que eu vou fazer?), mas não de com quem as trocava, nem de quais eram as coleções (tenho lembranças mais vivas das bolas de gude, as "canicas", que ganhávamos ou perdíamos para os amigos em cada jogo). Um cromo repetido era "repe", ou "tengui". Um cromo que faltava era "falti". Daí o cara ia mostrando suas figurinhas e a gente entoando: "tengui, tengui, falti, tengui, falti". Isso a gente fazia na escola, mas meus pais me levavam também ao Mercat de Sant Antoni, onde aos domingos pais e filhos se reuniam para trocar figurinhas, revistas, tudo. No mercado, eu preferia as bancas: nelas havia todos os cromos, bastava comprá-los.
Em fim. Feita pública a confissão, não sei o que mais dizer. É bom voltar à infância. Mas há uma coisa que me inquieta. O tema dos álbuns. Eu era tão nerd assim, fazendo a coleção de mamíferos aos seis ou sete anos? E hoje virei o quê, com essa besta coleção de rostos de futebolistas?
Saturday, April 17, 2010
Traduccions de Brasil 62 (O nada, de Cidadão Instigado)
La nada
Abrid las puertas de vuestras casas
Dejad que entren los ladrones
Intentarán llevarse todo lo que puedan.
Y te sentirás cansado
Y también muy triste
Y te irás a caminar por ahí
Pensando en tus propios pasos
Fluctuantes
Con aquel deseo de desaparecer
Progresivamente.
E irás... irás
E irás... irás
Desapareciendo poco a poco
Y después volviendo a la realidad
Y a la nada.
Y así, cuando sepas seguro que ya no posees nada
Y ya no te pertenezca ni tu propio dolor
Quizá
En algún momento
Te libres de esos pensamientos
Y te sientas
Empezando
Renaciendo
Solitario
Vislumbrando
Un nuevo momento.
Por eso
Abrid las puertas de vuestras casas
Dejad que entren los ladrones
Intentarán llevarse todo lo que puedan.
Tuesday, April 13, 2010
Capítulo 30 (novo rascunho)
Na quinta-feira, andei a passo normal até o metrô, resolvido a descer normalmente as escadas, pegar o trem rumo a Manhattan e refazer velhos caminhos de 2000. E Anne estava lá, seu corpo perfilado diante de uma viga vertical, com seu casacão aveludado e uma boina em vez do gorro de lã, sua cabeleira cheia. O trecho central da compridíssima plataforma (de uma entrada não se enxerga a outra) está sempre vazio; os passageiros se concentram do lado de um dos dois acessos. Na entrada de Bedford não havia mais de quinze ou vinte pessoas. Quando a vi, fiquei parado, nervoso, sem atinar no que poderia lhe dizer - três dias desejando encontrá-la e na hora não saber. Reagi quando ouvi muito ao longe o rumor que antecede à chegada do trem. Então me aproximei dela, dei-lhe um oi de uma certa distância, um oi alongado, como se eu fosse um estranho e ela pudesse se sobressaltar. Anne me cumprimentou de volta, surpresa de verdade.
-Senhora psicóloga - eu disse, num tom entre reverente e provocador (do catálogo dos tímidos).
Ela me olhou processando as palavras, como se eu tivesse errado a profissão.
-Senhor escritor - retrucou. Respondi puxando os cantos da boca por uma fracção de segundo.
-Estava pensando em você - eu disse, sem querer ser levado a sério. - A caminho do trabalho?
-Ãhn ãhn. - Anne adotou uma postura mais erguida, que nela parecia natural: - E você?
-Vou dar uma caminhada. Depois volto para o café.
-Com este frio?
-Com este frio. Não parece que o tempo vá mudar. - Eu ia dar mesmo uma caminhada, só não podia lhe dizer à procura de quê.
-Está bem, vai lhe fazer bem.
Fiz cara de não entender.
-Caminhar. Faz bem para todo mundo - Anne disse.
Assenti com a cabeça, de lábios fechados. Talvez estivesse pensando em seus pacientes.
Quis perguntar-lhe sobre eles. Saber que tipo de psicóloga ela era. Saber se seus pacientes eram as únicas pessoas que ela via. Imaginei-a no consultório e de noite em casa, revisando as anotações do dia. Sozinha.
-Sabe? - eu disse sorrindo. - Sempre quis ter uma psicóloga.
Anne me fitou estreitando os olhos. Sorriu também:
-Psicóloga mulher? - Não me deixou responder. - Qual é o problema do senhor?
Solidão, o mal do século (mas, que século?), ansiedade, depressão.
-Writer's block - eu disse.
-Ah, isso. - Dor de cabeça teria causado um efeito maior.
Ela olhou em volta, inclinou-se para mim, sussurrou:
-Eu não trato amigos.
Senti seu sopro na orelha, me arrepiei.
-Também não trato vizinhos - logo emendou.
O trem estava entrando com grande estrondo na estação.
-Isso é norma, está nos livros?
-É facultativo - ela disse, levantando a voz.
Entramos juntos no vagão, sentamos juntos. Anne não tirou o casaco, nem as luvas, só a boina. Pude ver de perto seus cabelos, senti um cheiro adocicado bom. Diferente do verão, quando o calor na plataforma é sufocante e as pessoas esperam ansiosas pelos trens, agora o frio não dá trégua, é tão intenso aqui abaixo como na superfície, ou então demora muito para sair dos corpos. Com todos os passageiros agasalhados, os vagões parecem mais lotados do que realmente estão, e as pessoas, volumosas, ficam coladas as umas às outras, criando cadeias ininterruptas de impermeáveis, felpudos, couros forrados, lãs. Através de camadas e camadas de tecido, sinto o braço e o ombro de Anne, que tem os antebraços em cima do bolso, uma mão ancorada na outra. Eu sento direito, tentando não apertar o jovem corpulento do outro lado, que usa fones de ouvido por cima de um boné com viseira de time de futebol. Minha vizinha não fala. Olha para o alto, eu olho também: os anúncios de um filme de terror adolescente e do aquário de Coney Island, com a foto de um tubarão mostrando as mandíbulas. Ouço o ruído pneumático, intermitente do deslizar sobre os trilhos. O silêncio no vagão só não é constrangedor porque é compartilhado por pessoas igualmente sonolentas ou entediadas.
-Problemas com sua múmia, então? - Anne diz, baixinho.
-Sim. Com seu namorado, mais bem. Ele é quem sabe da história. Eu só posso conjeturar.
-Não é esse o trabalho do escritor?
Anne gosta de alfinetar, eu gosto de aproveitar para contemplá-la. Usa brincos de aro grande prateados, batom suave nos lábios. As maçãs do rosto, proeminentes, dão mais vigor ainda ao seu olhar.
-Talvez. Mas quem diz que eu seja.
Anne reprime o riso. Logo diz:
-Procure ele.
-Está preso em Arequipa.
-Ele está preso? - Deixa os lábios entreabertos, os dentes brancos à mostra.
-Num sanatório.
Resumo para ela o que Alberto R. fez no museu. Falamos tão baixo que parecemos estar conspirando. Não faz mal.
-Escreva-lhe - ela diz.
-Escrever o quê?
De pé, uma mulher lê a New Yorker dobrada, tira a luva para virar a página. Um homem lê um romance de Joseph O'Neill que eu vi em algumas livrarias, que ganhou um prêmio importante. Uma outra mulher, também de pé perto das portas, prende a atenção de Anne, que acompanha o diálogo mudo entre ela e a filha. A menina, de uns cinco anos, está sentada à nossa frente, inquieta, o rosto tristonho. Dá mostras de querer se levantar, juntar-se à mãe ou ceder-lhe o assento. A mulher parece muito cansada, está com olheiras. Faz uma careta como que agradecendo e um gesto para que a filha não saia do lugar.
-Deve ser difícil, reviver uma morta - Anne diz, de modo insuspeitado. Às vezes, aprendi com J.-P., há mais informação no tom do que nas próprias palavras ditas. E ela diz isso com uma melancolia que espanta.
-Você não acha? - ela diz girando de repente para mim. Seus cabelos esvoaçam e uns fiozinhos acariciam meu nariz.
-E fazer com que alguém se apaixone por ela...
O trajeto no segundo trem é curto, a travessia subterrânea do rio. Ambos descemos na estação de Union Square. Penso em inventar uma destinação ao norte, mudar o passeio. Mas desisto. Anne, ao fim e ao cabo, vai trabalhar. Eu talvez também. Despedimos-nos num cruzamento de galerias (ela me estende a mão), os únicos parados em meio ao turbilhão. Ela segue em direção Uptown. Quando já está de costas, lembro:
-A música que você escuta, o que é?
Ela não se volta.
-Anne!
Ela vira o rosto apenas o necessário, o instante justo para dizer:
-É brasileira!
Saio do lado da praça. Ao meu redor, as pessoas continuam a andar depressa. Logo as ruas desta parte da cidade ficarão desertas. Os empregados não deixarão seus postos até o fim do expediente (não sairão nem para almoçar); os estudantes da NYU se encerrarão em suas respectivas faculdades. Atravesso até a loja da Virgin para tomar o café da manhã. Faltam cozy cups em Manhattan. Deve havê-los, escondidos em ruazinhas do East ou o Greenwich Village; de resto, só há Starbucks, lojas de redes de lanchonetes, cafés de livrarias ou de museus. São mais das 9 h e o local está vazio. Um segurança está dentro, resguardado, próximo à porta; uma moça espera atrás do balcão, fazendo nada. Ela tenta ser amável, recomenda-me un sanduíche. Está com sono, não consegue segurar uns bocejos. Dou uma olhada nas revistas. Pego um livro no primeiro expositor da loja, no limite entre esta e o café: um livro de graffiti e outras formas de arte urbana, que folhe-o enquanto como. Quase todas as intervenções são políticas, ataques diretos ou irônicos às guerras de Bush e Blair. Talvez seja o máximo que se possa fazer. Esses líderes não ficarão envergonhados por serem comparados com Hitler ou retratados com sangue jorrando das mãos; mas melhor essa revolta pública do que xingá-los quando aparecem satisfeitos na TV - como fazia minha avó, jogando o corpo para a frente, com risco de cair de sua cadeira de braços ou ter um ataque de hipertensão. Música brasileira. O que é que eu sei? Poderia procurar aqui na loja. Ou melhor, perguntar a Anne. Seria a maneira. Outra seria contar-lhe a história de Alberto R., a quem poderia tentar escrever uma carta (por que não) nessas horas infrutuosas no café.
-Senhora psicóloga - eu disse, num tom entre reverente e provocador (do catálogo dos tímidos).
Ela me olhou processando as palavras, como se eu tivesse errado a profissão.
-Senhor escritor - retrucou. Respondi puxando os cantos da boca por uma fracção de segundo.
-Estava pensando em você - eu disse, sem querer ser levado a sério. - A caminho do trabalho?
-Ãhn ãhn. - Anne adotou uma postura mais erguida, que nela parecia natural: - E você?
-Vou dar uma caminhada. Depois volto para o café.
-Com este frio?
-Com este frio. Não parece que o tempo vá mudar. - Eu ia dar mesmo uma caminhada, só não podia lhe dizer à procura de quê.
-Está bem, vai lhe fazer bem.
Fiz cara de não entender.
-Caminhar. Faz bem para todo mundo - Anne disse.
Assenti com a cabeça, de lábios fechados. Talvez estivesse pensando em seus pacientes.
Quis perguntar-lhe sobre eles. Saber que tipo de psicóloga ela era. Saber se seus pacientes eram as únicas pessoas que ela via. Imaginei-a no consultório e de noite em casa, revisando as anotações do dia. Sozinha.
-Sabe? - eu disse sorrindo. - Sempre quis ter uma psicóloga.
Anne me fitou estreitando os olhos. Sorriu também:
-Psicóloga mulher? - Não me deixou responder. - Qual é o problema do senhor?
Solidão, o mal do século (mas, que século?), ansiedade, depressão.
-Writer's block - eu disse.
-Ah, isso. - Dor de cabeça teria causado um efeito maior.
Ela olhou em volta, inclinou-se para mim, sussurrou:
-Eu não trato amigos.
Senti seu sopro na orelha, me arrepiei.
-Também não trato vizinhos - logo emendou.
O trem estava entrando com grande estrondo na estação.
-Isso é norma, está nos livros?
-É facultativo - ela disse, levantando a voz.
Entramos juntos no vagão, sentamos juntos. Anne não tirou o casaco, nem as luvas, só a boina. Pude ver de perto seus cabelos, senti um cheiro adocicado bom. Diferente do verão, quando o calor na plataforma é sufocante e as pessoas esperam ansiosas pelos trens, agora o frio não dá trégua, é tão intenso aqui abaixo como na superfície, ou então demora muito para sair dos corpos. Com todos os passageiros agasalhados, os vagões parecem mais lotados do que realmente estão, e as pessoas, volumosas, ficam coladas as umas às outras, criando cadeias ininterruptas de impermeáveis, felpudos, couros forrados, lãs. Através de camadas e camadas de tecido, sinto o braço e o ombro de Anne, que tem os antebraços em cima do bolso, uma mão ancorada na outra. Eu sento direito, tentando não apertar o jovem corpulento do outro lado, que usa fones de ouvido por cima de um boné com viseira de time de futebol. Minha vizinha não fala. Olha para o alto, eu olho também: os anúncios de um filme de terror adolescente e do aquário de Coney Island, com a foto de um tubarão mostrando as mandíbulas. Ouço o ruído pneumático, intermitente do deslizar sobre os trilhos. O silêncio no vagão só não é constrangedor porque é compartilhado por pessoas igualmente sonolentas ou entediadas.
-Problemas com sua múmia, então? - Anne diz, baixinho.
-Sim. Com seu namorado, mais bem. Ele é quem sabe da história. Eu só posso conjeturar.
-Não é esse o trabalho do escritor?
Anne gosta de alfinetar, eu gosto de aproveitar para contemplá-la. Usa brincos de aro grande prateados, batom suave nos lábios. As maçãs do rosto, proeminentes, dão mais vigor ainda ao seu olhar.
-Talvez. Mas quem diz que eu seja.
Anne reprime o riso. Logo diz:
-Procure ele.
-Está preso em Arequipa.
-Ele está preso? - Deixa os lábios entreabertos, os dentes brancos à mostra.
-Num sanatório.
Resumo para ela o que Alberto R. fez no museu. Falamos tão baixo que parecemos estar conspirando. Não faz mal.
-Escreva-lhe - ela diz.
-Escrever o quê?
De pé, uma mulher lê a New Yorker dobrada, tira a luva para virar a página. Um homem lê um romance de Joseph O'Neill que eu vi em algumas livrarias, que ganhou um prêmio importante. Uma outra mulher, também de pé perto das portas, prende a atenção de Anne, que acompanha o diálogo mudo entre ela e a filha. A menina, de uns cinco anos, está sentada à nossa frente, inquieta, o rosto tristonho. Dá mostras de querer se levantar, juntar-se à mãe ou ceder-lhe o assento. A mulher parece muito cansada, está com olheiras. Faz uma careta como que agradecendo e um gesto para que a filha não saia do lugar.
-Deve ser difícil, reviver uma morta - Anne diz, de modo insuspeitado. Às vezes, aprendi com J.-P., há mais informação no tom do que nas próprias palavras ditas. E ela diz isso com uma melancolia que espanta.
-Você não acha? - ela diz girando de repente para mim. Seus cabelos esvoaçam e uns fiozinhos acariciam meu nariz.
-E fazer com que alguém se apaixone por ela...
O trajeto no segundo trem é curto, a travessia subterrânea do rio. Ambos descemos na estação de Union Square. Penso em inventar uma destinação ao norte, mudar o passeio. Mas desisto. Anne, ao fim e ao cabo, vai trabalhar. Eu talvez também. Despedimos-nos num cruzamento de galerias (ela me estende a mão), os únicos parados em meio ao turbilhão. Ela segue em direção Uptown. Quando já está de costas, lembro:
-A música que você escuta, o que é?
Ela não se volta.
-Anne!
Ela vira o rosto apenas o necessário, o instante justo para dizer:
-É brasileira!
Saio do lado da praça. Ao meu redor, as pessoas continuam a andar depressa. Logo as ruas desta parte da cidade ficarão desertas. Os empregados não deixarão seus postos até o fim do expediente (não sairão nem para almoçar); os estudantes da NYU se encerrarão em suas respectivas faculdades. Atravesso até a loja da Virgin para tomar o café da manhã. Faltam cozy cups em Manhattan. Deve havê-los, escondidos em ruazinhas do East ou o Greenwich Village; de resto, só há Starbucks, lojas de redes de lanchonetes, cafés de livrarias ou de museus. São mais das 9 h e o local está vazio. Um segurança está dentro, resguardado, próximo à porta; uma moça espera atrás do balcão, fazendo nada. Ela tenta ser amável, recomenda-me un sanduíche. Está com sono, não consegue segurar uns bocejos. Dou uma olhada nas revistas. Pego um livro no primeiro expositor da loja, no limite entre esta e o café: um livro de graffiti e outras formas de arte urbana, que folhe-o enquanto como. Quase todas as intervenções são políticas, ataques diretos ou irônicos às guerras de Bush e Blair. Talvez seja o máximo que se possa fazer. Esses líderes não ficarão envergonhados por serem comparados com Hitler ou retratados com sangue jorrando das mãos; mas melhor essa revolta pública do que xingá-los quando aparecem satisfeitos na TV - como fazia minha avó, jogando o corpo para a frente, com risco de cair de sua cadeira de braços ou ter um ataque de hipertensão. Música brasileira. O que é que eu sei? Poderia procurar aqui na loja. Ou melhor, perguntar a Anne. Seria a maneira. Outra seria contar-lhe a história de Alberto R., a quem poderia tentar escrever uma carta (por que não) nessas horas infrutuosas no café.
Monday, April 12, 2010
Mark Gungor's Tale of Two Brains
Funny and... quite true!
And this is from last week, the South Park episode about Facebook: "You Have O Friends".
And this is from last week, the South Park episode about Facebook: "You Have O Friends".
Friday, April 09, 2010
Capítulo 29 (rascunho)
A solidão nos deixa tristes e a tristeza nos torna frágeis. Por isso não me decido a bater à porta de Anne, ou a aparecer no patamar da escada, de manhã, na hora em que ela sai. Mas há semanas penso nela, quero encontrá-la, ouvir sua voz, sentir de novo seu olhar, gozador ou ensimesmado. Não sou de ficar espionando, nem de tecer estratégias, mas por três dias tentei provocar o encontro. Enquanto me arrumo, ouço movimentos no andar de cima, arrastar de cadeiras, passos. Acredito distinguir o som amortecido de uns pés de meias, ou chinelos, na madeira, do som seco e vigoroso do salto alto. Morar sozinho aguça o ouvido. Então eu saio, entre as 8 e as 8:15 h. Em vez de dobrar à direita na rua Clifton e ir direto para o café, continuo pela avenida Bedford, tão devagar quanto eu posso, como se fosse pegar o metrô. Faço esse pequeno contorno sem olhar para trás, desejando ser avistado por ela, e que ela não mude seu caminhar apressado (não teria por quê), me alcance. Só no final, quando atravesso para a outra calçada, olho de viés. Sem rasto dela, sigo em frente, passando pela boca de metrô, desiludido, dirigindo-me ao Cozy Cup no sentido contrário do habitual, acenando com a cabeça para um ou outro rosto mais ou menos familiar.
Fico no café por horas, até depois do almoço, no banco da mesinha do corredor. Aguardando lembranças de nove anos atrás, pensando em Alberto R. Rabiscando ou desenhando no caderno, deixando-o aberto por alguma página escrita pela metade antes de a garçonete vir me atender ou alguém passar para ir ao banheiro. Desenho a caneca de cerâmica vitrificada ou o que enxergo desde minha posição, uma ponta do balcão, com a caixa e alguns bolos expostos, a carcaça grená da máquina de café, os quadros negros pendurados no teto, com nomes de saladas, sopas, doces escritos em giz, numa elaborada imitação de caligrafia infantil. A gravura na parede prende minha atenção, demoro-me observando-a. É uma mulher que pula de um prédio alto, no que parece a representação de um suicídio, mas não é - não acho que seja. (No sábado passado, um menino ficou olhando o quadro, enquanto o pai escolhia um jogo na prateleira ao meu lado; assinalando com o dedo a mulher, o menino perguntou o que era; um anjo, disse o pai.) O prédio é semelhante àquele que eu vi na Quinta avenida, um castelo medieval. Um de seus andares preenche o lado direito do quadro, em primeiro plano, como se pintor e observador vissem a cena de uma janela desse mesmo andar. O céu ocupa as outras duas terceiras partes: em cima, uma nuvem preta ameaçante; no meio, ar cor de água-marinha acinzentado; na base, o contorno distante da ilha de Manhattan e as águas da baía, de um preto esverdeado tomado do céu. (A perspectiva é impossível. Onde se ergue o castelo?, acima do Brooklyn, do Queens?) Dois raios de sol furam a nuvem, deixando um trecho de mar reluzente, em volta da ponta da ilha, e iluminando o castelo (os arcos, os parapeitos, as pedras do muro) e a mulher. Ela pula de costas, com as pernas e os pés esticados, o corpo flexionado na cintura, num ângulo reto; a cabeça e os olhos fechados no centro exato da composição. É uma mulher executando um salto ornamental, vestindo um colorido maiô de natação. Ela não cai, nem está em movimento (só a memória de um salto traz esse pensamento): está parada no céu. Seus cabelos são da cor do castelo, branco e cinza alternado, como os de uma estátua; em contraste com as coxas, as pernas e os pés, de pele fina e tersa, que são de uma mulher real. Parece uma cena de filme, uma cena onírica, de um filme voltando atrás. A mulher abaixa lentamente as pernas, endireita o corpo, vai subindo e retomando a posição vertical. Até pousar com graça, os braços estendidos, no lugar não visível de onde saiu. Um anjo sem asas.
Alguma vez pensei em pular. O medo que eu sentia, o efeito indizível de pensar que poderia não voltar mais ao normal - a ser quem eu era -, ficar para sempre me torturando ou cair do "lado de lá", levou-me a imaginar um final parecido. Se eu não consigo me recuperar, nesses momentos pensava, vou preferir morrer. Mas a possibilidade de enlouquecer para sempre me alarmava de maneira passageira (nunca se tornou assunto, nem com J.-P.). O medo é um sentimento, e minha mente, ocupada como estava em resolver uma pergunta após outra, deixava que esse e outros sentimentos aflorassem, mas dava-lhes muito pouco espaço, muito pouco tempo, insuficiente para poderem se assentar.
Volta e meia penso, agora, se não seria melhor ir para frente, passar para um novo estágio, abrir-me ao que vier. Todos temos nossas feridas, disse a mulher do parque, nossos traumas. Eu tenho a minha, mas seus efeitos já ficaram para trás. Esta não é uma escrita terapêutica - não mais do que qualquer escrita é. Quando ela ter-me-ia sido útil, eu estava privado da liberdade e da calma mínimas para empreendê-la. Por isso nos cadernos só há desabafos, exortações a mim mesmo a não desfalecer, citações encontradas em livros que eu achava que podiam me ajudar, breves notas. O que me leva agora a querer reviver, contar tudo? Uma espécie de dívida contraída com alguém? Foi bom ter começado a escrever anos antes de ficar doente. Porque o que me permitiu não afundar foi a convicção de que aquilo que me estava acontecendo mereceria, no futuro, ser contado; embora precária, essa foi minha tábua de salvação. Não importa quão grandes sejam os sofrimentos na vida de um escritor: superados, serão para ele o material de mais valor. Nesses anos da neurose em Barcelona, li o livro escrito por A. E. Hotchner sobre os últimos anos da vida de Hemigway. (Esse livro eu pude ler com atençao, talvez porque tratasse de uma doença mental, Hemingway sofreu de mania persecutória, paranóia). E uma frase do escritou reafirmou minha convicção. "Como diabos se lamentar dos dramas pessoais", disse Hemingway a um fragilizado Scott Fitzgeral, em Paris, "quando se é escritor?. Ao contrário, se ha de estar agradecido, porque qualquer escritor dever ser gravemente ferido antes de poder escrever". É sobre a ferida que se há de escrever, "permanecendo tão ligado a ela como um sábio em seu laboratório". A convicção me deu esperança - viver para contar. E essa esperança foi tão genuína, teve tanta força, que sobreviveu até hoje, quando não é mais necessária. Estou em dívida com uma esperança...
Fico no café por horas, até depois do almoço, no banco da mesinha do corredor. Aguardando lembranças de nove anos atrás, pensando em Alberto R. Rabiscando ou desenhando no caderno, deixando-o aberto por alguma página escrita pela metade antes de a garçonete vir me atender ou alguém passar para ir ao banheiro. Desenho a caneca de cerâmica vitrificada ou o que enxergo desde minha posição, uma ponta do balcão, com a caixa e alguns bolos expostos, a carcaça grená da máquina de café, os quadros negros pendurados no teto, com nomes de saladas, sopas, doces escritos em giz, numa elaborada imitação de caligrafia infantil. A gravura na parede prende minha atenção, demoro-me observando-a. É uma mulher que pula de um prédio alto, no que parece a representação de um suicídio, mas não é - não acho que seja. (No sábado passado, um menino ficou olhando o quadro, enquanto o pai escolhia um jogo na prateleira ao meu lado; assinalando com o dedo a mulher, o menino perguntou o que era; um anjo, disse o pai.) O prédio é semelhante àquele que eu vi na Quinta avenida, um castelo medieval. Um de seus andares preenche o lado direito do quadro, em primeiro plano, como se pintor e observador vissem a cena de uma janela desse mesmo andar. O céu ocupa as outras duas terceiras partes: em cima, uma nuvem preta ameaçante; no meio, ar cor de água-marinha acinzentado; na base, o contorno distante da ilha de Manhattan e as águas da baía, de um preto esverdeado tomado do céu. (A perspectiva é impossível. Onde se ergue o castelo?, acima do Brooklyn, do Queens?) Dois raios de sol furam a nuvem, deixando um trecho de mar reluzente, em volta da ponta da ilha, e iluminando o castelo (os arcos, os parapeitos, as pedras do muro) e a mulher. Ela pula de costas, com as pernas e os pés esticados, o corpo flexionado na cintura, num ângulo reto; a cabeça e os olhos fechados no centro exato da composição. É uma mulher executando um salto ornamental, vestindo um colorido maiô de natação. Ela não cai, nem está em movimento (só a memória de um salto traz esse pensamento): está parada no céu. Seus cabelos são da cor do castelo, branco e cinza alternado, como os de uma estátua; em contraste com as coxas, as pernas e os pés, de pele fina e tersa, que são de uma mulher real. Parece uma cena de filme, uma cena onírica, de um filme voltando atrás. A mulher abaixa lentamente as pernas, endireita o corpo, vai subindo e retomando a posição vertical. Até pousar com graça, os braços estendidos, no lugar não visível de onde saiu. Um anjo sem asas.
Alguma vez pensei em pular. O medo que eu sentia, o efeito indizível de pensar que poderia não voltar mais ao normal - a ser quem eu era -, ficar para sempre me torturando ou cair do "lado de lá", levou-me a imaginar um final parecido. Se eu não consigo me recuperar, nesses momentos pensava, vou preferir morrer. Mas a possibilidade de enlouquecer para sempre me alarmava de maneira passageira (nunca se tornou assunto, nem com J.-P.). O medo é um sentimento, e minha mente, ocupada como estava em resolver uma pergunta após outra, deixava que esse e outros sentimentos aflorassem, mas dava-lhes muito pouco espaço, muito pouco tempo, insuficiente para poderem se assentar.
Volta e meia penso, agora, se não seria melhor ir para frente, passar para um novo estágio, abrir-me ao que vier. Todos temos nossas feridas, disse a mulher do parque, nossos traumas. Eu tenho a minha, mas seus efeitos já ficaram para trás. Esta não é uma escrita terapêutica - não mais do que qualquer escrita é. Quando ela ter-me-ia sido útil, eu estava privado da liberdade e da calma mínimas para empreendê-la. Por isso nos cadernos só há desabafos, exortações a mim mesmo a não desfalecer, citações encontradas em livros que eu achava que podiam me ajudar, breves notas. O que me leva agora a querer reviver, contar tudo? Uma espécie de dívida contraída com alguém? Foi bom ter começado a escrever anos antes de ficar doente. Porque o que me permitiu não afundar foi a convicção de que aquilo que me estava acontecendo mereceria, no futuro, ser contado; embora precária, essa foi minha tábua de salvação. Não importa quão grandes sejam os sofrimentos na vida de um escritor: superados, serão para ele o material de mais valor. Nesses anos da neurose em Barcelona, li o livro escrito por A. E. Hotchner sobre os últimos anos da vida de Hemigway. (Esse livro eu pude ler com atençao, talvez porque tratasse de uma doença mental, Hemingway sofreu de mania persecutória, paranóia). E uma frase do escritou reafirmou minha convicção. "Como diabos se lamentar dos dramas pessoais", disse Hemingway a um fragilizado Scott Fitzgeral, em Paris, "quando se é escritor?. Ao contrário, se ha de estar agradecido, porque qualquer escritor dever ser gravemente ferido antes de poder escrever". É sobre a ferida que se há de escrever, "permanecendo tão ligado a ela como um sábio em seu laboratório". A convicção me deu esperança - viver para contar. E essa esperança foi tão genuína, teve tanta força, que sobreviveu até hoje, quando não é mais necessária. Estou em dívida com uma esperança...
Thursday, April 08, 2010
Tragédia no Rio e Niterói: sempre os pobres
180 pessoas mortas, sem contar mais de 200 ainda soterradas. Mais de 10.000 pessoas desalojadas ou sem casa... Todas as vítimas pobres. Leio isto nos jornais internacionais (a Globo só fala em "moradores", e gosta muito de mostrar esses "moradores" na hora da tragédia). Bom, se as vítimas são sempre os pobres, num país com recursos como o Brasil... de quem é a culpa, hein?
Situação "extraordinária", catástrofe "natural"? Se eu fosse povão ("morador" de "comunidade de baixa renda"), pegava em armas, redistribuía a riqueza, fazia a falada (só falada, sempre impedida) reforma fiscal com minhas mãos.
O mesmo vale para New Orleans. O mesmo vale para o Haiti em relação com os países ricos. Mundo podre, sistema vampiro.
PS: E ainda tem de aguentar essa, uma locutora da Globo chamando pobre de burro. "Estão retirando seus pertences. Graças a Deus", ela diz, "eles têm consciência do que é prioritário". E um homem fala: "Primeiro retirei meu sobrinho...". Não, ele ia retirar seu iPod.
Situação "extraordinária", catástrofe "natural"? Se eu fosse povão ("morador" de "comunidade de baixa renda"), pegava em armas, redistribuía a riqueza, fazia a falada (só falada, sempre impedida) reforma fiscal com minhas mãos.
O mesmo vale para New Orleans. O mesmo vale para o Haiti em relação com os países ricos. Mundo podre, sistema vampiro.
PS: E ainda tem de aguentar essa, uma locutora da Globo chamando pobre de burro. "Estão retirando seus pertences. Graças a Deus", ela diz, "eles têm consciência do que é prioritário". E um homem fala: "Primeiro retirei meu sobrinho...". Não, ele ia retirar seu iPod.
Monday, April 05, 2010
Fazer 90 anos (de novo)
Posto de novo o vídeo que postei sábado e ontem retirei, por um aviso de YouTube segundo o qual tinha sido "bloqueado em alguns países". Fiquei com medo, porque minha irmã não está num país que seja, vamos dizer... (bom, não vamos dizer nada). Finalmente, outro aviso de YouTube me deixou mais tranquilo: o problema não era com governo nenhum, e sim com a Sony (fo*$#se a Sony; será pela música do Serrat, no fim do vídeo?; ele acharia legal, OK?). Enfim, o Yuji gostou muito e até comentou, e eu continuo gostando muito do vídeo que minha irmã fez, desde a Guiné Equatorial, para cumprimentar nossa avó no dia de seu 90º aniversário. Como escrevi sábado, é um vídeo familiar, mais tem mais, por isso achei bom postá-lo. Tem uma receita culinária catalã (conill amb suc). Tem a alegria dos amigos guineanos de minha irmã. Tem música africana (e dança). Tem guineanos falando catalão. Tem coisas importantes que eles dizem (em espanhol). E tem o respeito e admiração pela velhice típica de algumas culturas africanas (e asiáticas), que no Ocidente já quase se perdeu.
Sunday, March 28, 2010
That Smart Stranger
Este post é dedicado à Ana Santos, que me perguntou sobre a teoria de engavetar os textos por uns meses antes de enviá-los para alguma revista ou editora. Bom, ela não falou em teoria, nem é uma teoria: é aquela ideia de se afastar por um tempo dos textos próprios antes da última revisão. Eu lhe disse que a escritora Zadie Smith falava nisso de um jeito bem engraçado e radical, e que segundo ela era melhor deixar os textos guardados por anos, não por meses. Isso está no ensaio "That Crafty Feeling", que é a versão revisada de uma palestra que Zadie Smith deu no curso de escrita criativa da Universidade Columbia em 2008. Ela dividiu a palestra em 10 pontos, e o mais importante é o 8, que trata disso ao que a Ana se referiu.8. Step Away from the Vehicle
You can ignore everything else in this lecture except number 8. It is the only absolutely twenty-four-carat-gold-plated piece of advice I have to give you. I've never taken it myself, though one day I hope to. The advice is as follows.
When you finish your novel, if money is not a desperate priority, if you do not need to sell it at once or be published that very second - put it in a drawer. For as long as you can manage. A year or more is ideal - but even three months will do. Step away from the vehicle. The secret to editing your work is simple: you need to become its reader instead of its writer. I can't tell how many times I've sat backstage with a line of novelists at some festival, all of us with red pens in hand, frantically editing our published novels into fit form so that we might go onstage and read from them. It's an unfortunate thing, but it turns out that the perfect state of mind to edit your own novel is two years after it's published, ten minutes before you go onstage at a literary festival. At that moment, every redundant phrase, each show-off, pointless metaphor, all the pieces of deadwood, stupidity, vanity and tedium are distressingly obvious to you. Two years earlier, when the proofs came, you looked at the same page and couldn't see a comma out of place. And by the way, that's true of the professional editors, too; after they've read the manuscript multiple times, they stop being able to see it. You need a certain head on your shoulders to edit a novel, and it's not the head of a writer in the thick of it, nor the head of a professional editor who's read it in twelve different versions. It's the head of a smart stranger who picks it off a bookshelf and begins to read. You need to get the head of that smart stranger somehow. You need to forget you ever wrote that book.
PS: Zadie Smith escreveu três romances. O último, On Beauty, é 10. Depois reuniu vários textos de não ficção, entre eles "That Crafty Feeling", no livro Changing My Mind, que eu não li completo. Ela fala sobre alguns escritores, sobre alguns romances, sobre cinema, sobre uma semana que passou na Libéria ou sobre sua família. Dos que eu li, posso dizer que o ensaio mais longo, o último do livro, sobre David Foster Wallace (para ela o melhor escritor de sua própria geração), "The Difficult Gifts of David Foster Wallace", é nota 10 também.
Traduccions de Brasil 61 (A emenda & O soneto, de Antonio Brasileiro)
Traduzo um dos poemas de Antonio Brasileiro que a amiga Ana Santos me enviou.
La enmienda y el soneto
1. El soneto
Durante el temporal, sepamos ser
el tallo pequeñito que se dobla.
Pues una cosa es cierta: todo acaba.
Y el cielo estará limpio como estaba.
2. La enmienda
Durante el temporal, sepamos ser
el tallo pequeñito que se dobla.
Pues una cosa es cierta: todo acaba.
No sólo acaba sino que no acaba.
La enmienda y el soneto
1. El soneto
Durante el temporal, sepamos ser
el tallo pequeñito que se dobla.
Pues una cosa es cierta: todo acaba.
Y el cielo estará limpio como estaba.
2. La enmienda
Durante el temporal, sepamos ser
el tallo pequeñito que se dobla.
Pues una cosa es cierta: todo acaba.
No sólo acaba sino que no acaba.
Saturday, March 27, 2010
Da falta de orgulho
Como virou filme e o filme teve uma grande campanha de marketing (está em todos os jornais, no Brasil e na Espanha), agora na Fnac e similares deve ter pilhas do livro que eu traduzi para o catalão em 2004. Deveria estar orgulhoso, não é? Pois não estou, me importa un pepino.PS: "Renato Russo faria 50 anos hoje", isso também está em todos os jornais. (Faria, se não tivesse morrido com 36.) Não é preciso comemorar. Quem gosta dele, lembra sempre. E quem não gosta também, pois não passa um dia sem que toque alguma música da Legião nos cafés, nas lojas, nos cibercafés...
Monday, March 22, 2010
Capítulo 28 (novo rascunho)
Na luta contra a neurose dei muitos passos em falso. E os certos, que demorei tanto em dar, que por tempos considerei firmes como rochas, marcos no caminho que só me permitissem avançar, vejo agora que não o foram tanto, não me impediam voltar atrás. Nos inícios me importava com o que todo o mundo pudesse pensar (a padeira do bairro, por exemplo, se eu tivesse esquecido de cumprimentá-la); logo, só com o que podiam pensar os colegas; mais adiante, perguntava-me sobre aquilo que dizia respeito aos amigos. Até que, afinal, limitei à relação com Lídia minha necessidade de ser bom. Deixei de passar tudo pelo crivo. ("Você faz passar tudo pelo crivo, indiscriminadamente", disse certa vez J.-P.: "É um crivo indiscriminado".) Paralelamente, quando me dei conta do inútil de tentar adivinhar o que os outros pensavam, resolvi me preocupar unicamente com o que pensava eu, com minhas intenções, fossem estas percebidas ou não. Eram passos certos, embora não soluções, pois a natureza do pensamento obsessivo complicava-me igualmente chegar a conclusões sobre mim. É interessante, não eram passos que eu desse sozinho: a própria doença era minha companheira nessas guinadas, com sua força para se perpetuar, fornecer-me obstáculos novos. Como dizendo: você não se preocupa mais com isso?, vê se consegue não se preocupar com isto. A neurose é um bicho.
Os métodos para responder as perguntas também foram mudando, não sempre para bem, com muitos tropeços. Eu os abria e encerrava, à procura de algum que me retornasse, me reaproximasse, por um momento que fosse, ao modo de pensar normal. As vocalizações internas, as verbalizações externas, o auxílio procurado ao escrever com o dedo em paredes e portas,... tudo fez parte dessa busca. (Supreendeu-me, sofri com a dificuldade de os psicólogos entenderem o caráter das vocalizações internas. Imaginem uma frase, com todas as palavras. Logo pensem ela, não nela, com todas as palavras. Terão uma frase carente de sentido, afastada de seus referentes, sem conotações. Algo bem diferente do pensamento que flui, que não se sente e que não é feito só de palavras.) Ao ver que em sua forma de frases não conseguia responder as perguntas, tentei uma maneira mais completa de pensar: a evocação, a recriação na mente das cenas, com a maior riqueza, o maior contexto e colorido que eu conseguia dar-lhes. E se durante muito tempo me empenhei em fixar as respostas para evitar que uma mesma pergunta voltasse a me importunar, tentando reter a forma exata da resposta na memória, às vezes anotando-a (uma frase com sentido, um pensamento entrevisto: "Não, não é possível que Eulália tenha pensado que eu só queria os livros"), terminei por deixar de fazê-lo, querendo que o pensar corresse, livre de interrupções, ciente de que uma pessoa sã não precisava fixar nada... Os métodos descartados, no entanto, continuavam a existir, seguiam à minha disposição, para quando os novos não funcionavam. Nunca deixei de jogar mão de todos eles.
A urgência com que queria estar bem levava-me a esquecer que a luta era contra uma doença, não contra suas manifestações. Assim, perdida a perspectiva, deixava que as perguntas ocupassem o primeiríssimo plano. E tentava de novo fixar as respostas, queria de novo ser bom com todo o mundo... Com a guarda baixa, venciam-me inclusive as perguntas mais gratuitas, aquelas não conectadas com nenhuma suposta "ética". Um meio-dia, na residência, peguei a caixa de cotonetes de cima da cômoda de Douglas, esvaziei-a sobre meu cobertor. Não sei o que precisava contar, acredito que os anos transcorridos entre duas datas. Pouco importa. Nesses casos, a necessidade era me demonstrar que eu não era incapaz de fazer isso. Somar, subtrair, lembrar a forma correta de escrever uma palavra: são limitações absurdas, muito difíceis de aceitar, e o neurótico esquece que podem ser só temporárias; pensa, pelo contário, que o aproximam de quem perdeu totalmente a razão. Fui separando de um em um os cotonetes da pilha, contando-os; várias vezes, porque junto com a solução vinha a dúvida, que me obrigava a recomeçar... Quando por fim dei por bom o resultado, assaltou-me outra velha obsessão: Douglas, "o outro", não podia suspeitar o que eu fiz - que eu fazia tais coisas. Demorei um tempão colocando os cotonetes de volta na caixa, arrumando-os em forma de hélice, nivelando as pontas de algodão com a palma da mão com cuidado de não achatá-las.
O desejo de estar bem nunca foi tão intenso, tão imperativo como no verão de 2000. Compartilhava a opinião de Lilian e Ray: estava diante de uma oportunidade extraordinária; e não queria sentir a frustração de não aproveitá-la. Estava, além do mais, na cidade que eu gostava. Contudo, e embora eu já soubesse o que era necessário saber sobre a neurose, "não estava doente", não tinha essa consciência clara. Só tinha, assim pensava, uma pergunta para resolver, a última, a acusação mais grave. Liberando-me dela, tudo correria bem. Se houvesse sido mais consciente da doença, teria procurado ajuda. Falado com Kate ou as outras duas amigas que eu fiz. Sabia que um dos melhores especialistas em transtornos obsessivos trabalhava ali mesmo, no Hospital público de Bellevue. Em vez de falar ao telefone com meu pai sobre Lídia e Menorca, ter-lhe-ia prestado maior atenção quando punha o acento na neurose, sobre a que, nessa altura, sabia tanto ou mais do que eu.
Os métodos para responder as perguntas também foram mudando, não sempre para bem, com muitos tropeços. Eu os abria e encerrava, à procura de algum que me retornasse, me reaproximasse, por um momento que fosse, ao modo de pensar normal. As vocalizações internas, as verbalizações externas, o auxílio procurado ao escrever com o dedo em paredes e portas,... tudo fez parte dessa busca. (Supreendeu-me, sofri com a dificuldade de os psicólogos entenderem o caráter das vocalizações internas. Imaginem uma frase, com todas as palavras. Logo pensem ela, não nela, com todas as palavras. Terão uma frase carente de sentido, afastada de seus referentes, sem conotações. Algo bem diferente do pensamento que flui, que não se sente e que não é feito só de palavras.) Ao ver que em sua forma de frases não conseguia responder as perguntas, tentei uma maneira mais completa de pensar: a evocação, a recriação na mente das cenas, com a maior riqueza, o maior contexto e colorido que eu conseguia dar-lhes. E se durante muito tempo me empenhei em fixar as respostas para evitar que uma mesma pergunta voltasse a me importunar, tentando reter a forma exata da resposta na memória, às vezes anotando-a (uma frase com sentido, um pensamento entrevisto: "Não, não é possível que Eulália tenha pensado que eu só queria os livros"), terminei por deixar de fazê-lo, querendo que o pensar corresse, livre de interrupções, ciente de que uma pessoa sã não precisava fixar nada... Os métodos descartados, no entanto, continuavam a existir, seguiam à minha disposição, para quando os novos não funcionavam. Nunca deixei de jogar mão de todos eles.
A urgência com que queria estar bem levava-me a esquecer que a luta era contra uma doença, não contra suas manifestações. Assim, perdida a perspectiva, deixava que as perguntas ocupassem o primeiríssimo plano. E tentava de novo fixar as respostas, queria de novo ser bom com todo o mundo... Com a guarda baixa, venciam-me inclusive as perguntas mais gratuitas, aquelas não conectadas com nenhuma suposta "ética". Um meio-dia, na residência, peguei a caixa de cotonetes de cima da cômoda de Douglas, esvaziei-a sobre meu cobertor. Não sei o que precisava contar, acredito que os anos transcorridos entre duas datas. Pouco importa. Nesses casos, a necessidade era me demonstrar que eu não era incapaz de fazer isso. Somar, subtrair, lembrar a forma correta de escrever uma palavra: são limitações absurdas, muito difíceis de aceitar, e o neurótico esquece que podem ser só temporárias; pensa, pelo contário, que o aproximam de quem perdeu totalmente a razão. Fui separando de um em um os cotonetes da pilha, contando-os; várias vezes, porque junto com a solução vinha a dúvida, que me obrigava a recomeçar... Quando por fim dei por bom o resultado, assaltou-me outra velha obsessão: Douglas, "o outro", não podia suspeitar o que eu fiz - que eu fazia tais coisas. Demorei um tempão colocando os cotonetes de volta na caixa, arrumando-os em forma de hélice, nivelando as pontas de algodão com a palma da mão com cuidado de não achatá-las.
O desejo de estar bem nunca foi tão intenso, tão imperativo como no verão de 2000. Compartilhava a opinião de Lilian e Ray: estava diante de uma oportunidade extraordinária; e não queria sentir a frustração de não aproveitá-la. Estava, além do mais, na cidade que eu gostava. Contudo, e embora eu já soubesse o que era necessário saber sobre a neurose, "não estava doente", não tinha essa consciência clara. Só tinha, assim pensava, uma pergunta para resolver, a última, a acusação mais grave. Liberando-me dela, tudo correria bem. Se houvesse sido mais consciente da doença, teria procurado ajuda. Falado com Kate ou as outras duas amigas que eu fiz. Sabia que um dos melhores especialistas em transtornos obsessivos trabalhava ali mesmo, no Hospital público de Bellevue. Em vez de falar ao telefone com meu pai sobre Lídia e Menorca, ter-lhe-ia prestado maior atenção quando punha o acento na neurose, sobre a que, nessa altura, sabia tanto ou mais do que eu.
Andrea Doria
(De baixo astral.)
(De baixo astral... eu não estou mais. :) Mas deixo a música aqui. Porque é linda. E porque é o Renato.)
(De baixo astral... eu não estou mais. :) Mas deixo a música aqui. Porque é linda. E porque é o Renato.)
Saturday, March 20, 2010
Shutter Island
A long time ago..., isto é, umas cinco ou seis décadas atrás, nas salas de cinema podia se assistir a filmes como o último de Scorsese, Shutter Island. Filmes que eram arte e espetáculo - não só espetáculo, e muito menos espetáculo ruim, como agora, nestes tempos de cinema moribundo.Eu o assisti ontem, fui sozinho; e, antes de começar, torci para que alguém sentasse ao meu lado, pois sabia que ia ter medo, medo de verdade. (Antes do filme passaram dos trailers de "medo de mentira": um de Halloween II, do outro não lembro o título.) Tive sorte, dois casais sentaram, um a cada lado. E estava certo, passei medo, e em casa não consegui parar de pensar no filme.
Agora entendo a crítica da Folha, que começava assim: "Vão, vão ver o filme de Scorsese. E vão de novo. E de novo. E mais uma vez...". Não era porque fosse um grande filme. É um grande filme. Mas é por outros motivos que deve ser visto mais de uma vez. Eu vou fazê-lo. Uma segunda vez, para, vamos dizer, "assisti-lo de um outro ângulo". E se fosse crítico, estudante ou profissional do mundo do cinema (i.e., Uri, Pedro, Leo), iria certamente uma terceira, essa para ver como Scorsese consegue construir tal artefato.
Minha amiga Clotilde me disse que era uma bela homenagem a Hitchcock, porém menos inteligente. Confesso: acho os filmes de Hitchcock demasiado cerebrais, nunca me tocaram. E se Clotilde se referia a Vertigo, como imagino, não sei o que dizer - assisti ao filme na TV, e só uma vez. Se Vertigo é mais inteligente (pode ser: para muitos cinéfilos, e para alguns filósofos, é o melhor filme da história), Shutter Island vai atrás.
Vão, vão ver A Ilha do Medo, com esse título de parque de atrações que, é verdade, dá medo, de tão ruim. Mas só se estiverem psicologicamente bem, ou "estáveis". (Abstenham-se também ex fumantes, DiCaprio está sempre com um cigarro na mão.) Que bom que esse cinema moribundo conta, ainda, com a dupla Scorsese-DiCaprio, que a cada dois ou três anos nos presenteia com uma maravilha diferente...
(Não dá para falar nada do enredo. Dizer, só, que tem a ver com traumas e outros transtornos mentais, e que a ilha do título é o lugar onde moram pacientes considerados perigosos.)
Friday, March 19, 2010
Capítulo 27 (novo rascunho)
Em e-mails enviados a amigos apelidei Douglas de O Monstro de Michigan. Meu companheiro de quarto na residência era grandão, meio obeso, de testa e bochechas infladas. Usava pequenos óculos redondos de aro de metal e prendia a cabeleira cor de palha num rabo-de-cavalo. À diferença da maioria de alunos (com a exceção da dúzia de estrangeiros, garotas de 22 anos, recém formadas), tinha a minha idade, como Kate; e, como Kate, era atencioso e afável - ou assim foi comigo a primeira noite. Falou muito; eu fiz perguntas e escutei. Exprimia-se com clareza, devagar, pensando enquanto falava, e sua voz grave era agradável, serviu-me de bálsamo, teve o poder de me acalmar. Quando fechei o livro que eu lia por cima e apaguei o abajur, minha intenção era me pôr a pensar (antes de dormir, eu dispunha de tempo de sobra; e, como nos banheiros, podia mexer os lábios sem me preocupar com ser visto); mas consegui esperar um pouco, gostava de ouvir Douglas falar. Tocamos no assunto das armas, que sempre me deixou perplexo. Fazia um ano do massacre do Instituto Columbine. Douglas me explicou algumas das crenças do americano do meio-oeste, com as quais ele podia não concordar, mas que entendia e respeitava. Disse que as mensagens da grande mídia tocavam fundo, eram assimiladas, interiorizadas acriticamente pela população. O problema era essa mídia estar tão concentrada, o que deixava em descrédito a qualidade da democracia no país. As pessoas não renunciavam às armas de fogo porque sem elas sentiam-se impotentes diante do próprio Estado, que (essas pessoas pensavam) não só não iria defendê-las, quanto era capaz de atacá-las. Assaltos e atos de violência comuns - o medo de o vizinho estar também armado - tinham pouca importância. Era medo do detentor do poder, resistência ao monopólio da força (e outros) pelo Estado. E se para alguns isso era sinal inequívoco de paranóia, para outros era questão de bom senso e até liberdade. (Agora, com a crise, isso mudou. A classe média tem medo de que aqueles que têm menos, aqueles que estão passando mal, aborreçam-se, façam uma revolta, procurem briga com os que ainda desfrutam de uma vida abastada. Por isso tantas armas são vendidas, para os uns se defenderem dos outros. Hoje o medo é local.) "Nice meeting you, Roger", ouvi do nada, minutos após termos apagado as luzes e ficado calados; dito como eu nunca tinha ouvido, não como formalidade, senão como pensado nesses minutos no escuro. Essa noite, o sono e o bem-estar causado pelas palavras de Douglas venceram, e a pergunta foi ficando para o dia seguinte, adormecendo comigo.
Nunca voltamos a estar tão próximos. Passados uns dias, ele me disse que era gay. Não foi uma confissão, nem uma proclama. Surgiu naturalmente em alguma conversação. Dar-me-ia a ler o enredo de um romance que estava escrevendo, ou pretendia escrever. Quinze ou vinte páginas, o resumo detalhado de uma série de histórias entrecruzadas de amores e ódios, traições e vinganças passionais. Não sei o que eu pensei, era incapaz de me concentrar em qualquer leitura. Agradeci-lhe a confiança e o fato de querer saber minha opinião. Passadas umas semanas, nossos diálogos haviam se reduzido ao mais elementar: cumprimentos, perguntas triviais sobre o dia. Coincidíamos pouco. Eu passava muito tempo no apartamento, dormia cedo, e ele passava o dia fora e à noite costumava sair. Dava-se muito bem com Ernest e com o filho dele, que também estava na cidade, tocando o saxofone num club de jazz. O motivo do distanciamento, no entanto, foi outro. Douglas nunca disse nada, não perguntou. Mas, pelas horas de convivência, em que eu não me preocupava com esconder meu estado de ânimo, e provavelmente muitas vezes agi como se não houvesse alguém ao meu lado com quem o mais natural teria sido conversar, acredito que percebeu que alguma coisa estava errada. (Talvez foi o único a perceber.) Não se importou, deixou-me quieto. Sabendo como Kate interpretou meus silêncios, porém, Douglas pôde ter pensado qualquer coisa. Afinal de contas, ele não estava lá quando ultrapassei os limites. E são muitos os possíveis tormentos. Se a colega de quarto de Kate não saía da cama, outras meninas, de Estados longínquos, drogavam-se para suportar a pressão de ter de encontrar um emprego e assim poder ficar na cidade grande.
Nunca voltamos a estar tão próximos. Passados uns dias, ele me disse que era gay. Não foi uma confissão, nem uma proclama. Surgiu naturalmente em alguma conversação. Dar-me-ia a ler o enredo de um romance que estava escrevendo, ou pretendia escrever. Quinze ou vinte páginas, o resumo detalhado de uma série de histórias entrecruzadas de amores e ódios, traições e vinganças passionais. Não sei o que eu pensei, era incapaz de me concentrar em qualquer leitura. Agradeci-lhe a confiança e o fato de querer saber minha opinião. Passadas umas semanas, nossos diálogos haviam se reduzido ao mais elementar: cumprimentos, perguntas triviais sobre o dia. Coincidíamos pouco. Eu passava muito tempo no apartamento, dormia cedo, e ele passava o dia fora e à noite costumava sair. Dava-se muito bem com Ernest e com o filho dele, que também estava na cidade, tocando o saxofone num club de jazz. O motivo do distanciamento, no entanto, foi outro. Douglas nunca disse nada, não perguntou. Mas, pelas horas de convivência, em que eu não me preocupava com esconder meu estado de ânimo, e provavelmente muitas vezes agi como se não houvesse alguém ao meu lado com quem o mais natural teria sido conversar, acredito que percebeu que alguma coisa estava errada. (Talvez foi o único a perceber.) Não se importou, deixou-me quieto. Sabendo como Kate interpretou meus silêncios, porém, Douglas pôde ter pensado qualquer coisa. Afinal de contas, ele não estava lá quando ultrapassei os limites. E são muitos os possíveis tormentos. Se a colega de quarto de Kate não saía da cama, outras meninas, de Estados longínquos, drogavam-se para suportar a pressão de ter de encontrar um emprego e assim poder ficar na cidade grande.
Capítulo 26 (novo rascunho)
Eu já gostei da solidão. No colégio e nos primeiros anos de faculdade, eu escrevia, e então a solidão era boa. Fazia-o com prazer e facilidade, sem dar-me conta, e o que me empurrava era esse prazer, embora mentiria se dissesse que o reconhecimento pelos outros não me animava, fazia-me sentir orgulho ou, com todas as reticências, levava-me a pensar num futuro próximo em que poderia escrever mais e melhor. A neurose também estragou isso (e, anos depois, tive de reaprender tudo de novo, lutando contra o medo e a angustia). Já neurótico, fiz da solidão uma necessidade. Procurava-a para tentar resolver as perguntas e para não cair em novas ciladas (dar respostas que logo iria me arrepender de ter dado, fazer comentários pelos quais iria ter de me julgar). Tomava o café da manhã sozinho, demoradamente, antes de entrar a trabalhar na construção do centro comercial - necessitado desse momento de paz antes de enfrentar o convívio. De carro, levando comigo um livro, escapava seguido à praia de Castelldefels, larga e comprida; ali, deitado na areia, sentia menos pressão e podia manter as perguntas na linha. É só agora, em Nova York, neste pequeno apartamento provisório, que a solidão é indesejada, e estar entre quatro paredes deixou de me agradar. Aqui não tenho nada. Raras vezes ligo a TV, a telona de plasma que me espelha e que a zeladora, uma mulher de sotaque francês, apresentou-me admirada ("TV a cabo, mais de 200 canais"), acariciando a borda, olhando-a e me olhando, como se o aparelho fosse um companheiro a quem eu, dando uns passos à frente, pudesse cumprimentar. Pelo visto, diminuiu a capacidade de o público manter a atenção focada por mais de 15 minutos - proliferam os programas com essa duração. O que é possível oferecer em 15 minutos, eu não sei; com sorte, a chance de o espectador dar uma ou duas gargalhadas (que não é necessariamente pouco). Para filmes, filmes longos, sou eu quem não tem mais paciência, não para assisti-los do sofá. Na geladeira, também último modelo, o mais interessante é o ímã, o mascote de uma loja de brinquedos, um dragão antropomórfico multicor. Dentro há somente há água e maçãs; o que compro na loja de conveniência, como no dia. Na máquina de lavar roupa não toquei. Prefiro ir à lavanderia, do outro lado da rua, onde sempre encontro alguém. Quando não é uma família inteira, com as crianças (tenho a sensação de que são elas, as crianças, que mantém viva na cidade a possibilidade da interação com estranhos), é a dona, que na verdade não é tal, só quem cuida do lugar - ou passeia, porque aqui tudo é automático: mulher alegre e prestativa, de Santo Domingo, louca por novelas e muito maquiada, que rebola no local abafado como num salão de festas. E tenho, finalmente, a cama, o dormitório, que eu chamo de cama porque isso é o que contém: um colchão enorme que deve ter sido difícil introduzir aqui e um armário cujas portas abrem só 30° e seria melhor desmontar. Estou obrigado a entrar no quarto descalço, ou com um pé à frente do outro, como na corda bamba. (Podia ter perguntado à mulher se o quarto foi invenção dela ou de algum locatário com debilidades especiais.) O colchão sobredimensionado, onde caberiam até quatro pessoas, é só para mim, e aproveito-o para deitar em posição de crucificado, em T ou em X, porque faz bem às costas. Sinto saudades de quando dividia quartos. Em casa, quando criança, com meus irmãos; em hotéis, em pousadas. Nem digo a cama e com uma mulher. Vontade, simplesmente, de compartilhar o espaço. É bom dormir num quarto com alguém. É ruim - não é engraçado - que escrever seja um trabalho solitário.
Thursday, March 18, 2010
Instantâneos dos aposentos da mansão de minha amadíssima irmã, na Guiné Equatorial
(Enquanto isso, do outro lado do oceano Atlântico, onde se cruzam a linha do Equador e o meridiano de Greenwich...)

La salle à manger.

La cuisine.

Le vestiaire.

La chambre à coucher.

La climatisation.

La douche.

Vous savez où est la Guinée?

La salle à manger.

La cuisine.

Le vestiaire.

La chambre à coucher.

La climatisation.

La douche.

Vous savez où est la Guinée?
Tuesday, March 16, 2010
É você que tem
Algumas noites eu vou dormir escutando o segundo CD da Mallu Magalhães. Procurei se ela já fez outros clipes (além do de Shine yellow, que já postei). Ainda não. Mas tem vários vídeos do programa "Canja IG" da TV IG (televisão online).
Saturday, March 13, 2010
:'(
Glauco e seu filho foram assassinados ontem. O mundo das HQ (comics) do Brasil, criadores e leitores (ele me fazia sorrir cada dia, na melhor folha da Folha de S. Paulo), está abalado. Era um dos grandes. Há um sem fim de homenagens de seus colegas em universohq.
Minha personagem favorita era o Faquinha, habitante do morro:

Glauco
PS: Acho símbolo da boa saúde de um país que o próprio Presidente envie seus pêsames pela morte de um "simples cartunista". Não sei se isso aconteceria na Espanha...
Minha personagem favorita era o Faquinha, habitante do morro:

Glauco
PS: Acho símbolo da boa saúde de um país que o próprio Presidente envie seus pêsames pela morte de um "simples cartunista". Não sei se isso aconteceria na Espanha...
Wednesday, March 10, 2010
Capítulo 25 (rascunho)
Kate lia Theroux, Pamuk, Mafuz e outros autores que eu não conhecia. Gostava, também, de literatura juvenil. Certa vez, fomos a uma livraria especializada, na rua 16. Começou a pegar livros de mesas e prateleiras, mostrando-me, comentando-me empolgada cada um deles. Eram livros lidos na adolescência, pelos quais guardava o maior carinho (eu não resisti, fui empilhando-os nos braços, comprei quase todos). E agora estava encarregada da edição de medíocres romances históricos e novelas de mistério, de guias turísticos, de livros estrambólicos (enviou-me um destes últimos, para eu dar risada: um livro sobre como tecer suéteres, calças, etc. com pelos de cachorros de estimação). Por isso imagino os motivos que a levaram a querer, em suas palavras, se arrastar até debaixo da mesa e morrer; a abandonar a editora, com ódio desse mundo, para não voltar mais. Era tudo demasiado entediante, demasiado deprimente, demasiado estúpido.
Acredito que foram essas circunstâncias as que mudaram também seu caráter. A Kate das cartas e e-mails que eu recebia em Barcelona, sarcásticos, de língua afiada, por vezes assustadores, já que ela parecia se auto-flagelar, culpar-se pelo que estava vivendo, não era a garota que eu conheci terminado o curso. Comigo, passeando, assistindo a concertos, divagando sobre livros e filmes, sobre projetos de futuro, ela sempre foi doce, de jeito afável. Era propensa a lucubrações (do tipo que gosta de imaginar o que o gato de uma amiga pode estar pensando), mas também lúcida e pé no chão. Física e psicologicamente sensível e forte. Lembro de como, na residência, era paciente com sua companheira de quarto, que, mais nova, deprimida, passava o dia inteiro na cama, ouvindo uma e outra vez, incessantemente, o mesmo CD de Belle and Sebastian.
Acredito que foram essas circunstâncias as que mudaram também seu caráter. A Kate das cartas e e-mails que eu recebia em Barcelona, sarcásticos, de língua afiada, por vezes assustadores, já que ela parecia se auto-flagelar, culpar-se pelo que estava vivendo, não era a garota que eu conheci terminado o curso. Comigo, passeando, assistindo a concertos, divagando sobre livros e filmes, sobre projetos de futuro, ela sempre foi doce, de jeito afável. Era propensa a lucubrações (do tipo que gosta de imaginar o que o gato de uma amiga pode estar pensando), mas também lúcida e pé no chão. Física e psicologicamente sensível e forte. Lembro de como, na residência, era paciente com sua companheira de quarto, que, mais nova, deprimida, passava o dia inteiro na cama, ouvindo uma e outra vez, incessantemente, o mesmo CD de Belle and Sebastian.
Capítulo 24 (rascunho)
No café que já chamo de meu (The Cozy Cup, que é de verdade aconchegante), tive uma ideia que deixaria Ray orgulhoso de mim, dando pulinhos em seu gabinete da universidade ou onde ele agora estiver. A história saiu no jornal, quase inteirinha. Não tenho um título ainda, nem uma capa (que incluirá, certamente, a frase "baseado em fatos reais"). Será o novo Joe Gould's Secret, embora diferente, não só para leitores cultivados (meu nicho é bem maior); e sem o velho charlatão vagabundo como protagonista: em seu lugar, a jovem mais sensual que se possa imaginar (sem exagero: sua foto está no Times). Uma história com um forte apelo sexual. A jovem protagonista sai de casa para correr em Riverside Drive , usando uns shorts curtinhos e um top. Sai, e logo esquece quem ela é (o assunto é candente, neurocientistas do mundo inteiro se debruçam sobre esse tipo de doenças). A garota é de família rica e tem 18, 19 anos máximo. Primeiro procura ajuda na vizinhança, interpela velhinhas passeando cachorrinhos, que nem param para escutá-la, acham que é louca. Ela corre sem saber aonde ir. Entra na loja da Apple: geeks e turistas esquecem sua paixão por engenhocas e ficam embasbacados com a garota semi-despida, que num computador tenta checar o e-mail (recuperar sua identidade, em vão); não se aproximam, não falam com ela (estamos na zona nobre da cidade, onde as distâncias se respeitam, e eles são tímidos demais). Começa o périplo da moça pelas ruas. Alguém lhe paga um café num Starbucks (a cidade não é, afinal, tão desalmada). Mas também há quem se aproveita da infeliz. Um mendigo compartilha sua comida com ela (eles comem com as mãos), e depois cai em cima dela. Completamente perdida, a jovem está à sua mercê, como uma boneca (é estupro, mas não aquele estupro, um estupro leve). Ela faz amizade com todo tipo de malandros, tradicionais e novos (vivemos a pior crise desde a Grande Depressão). Para isso, cria uma persona, já que, mesmo não sabendo quem é, cresce sua percepção do risco. (Estamos nos bairros marginais da cidade, em contraste com o Upper West Side, de onde ela vem.) Com os pés destroçados (lhe roubam os tênis) e as roupas rasgadas, cada vez mais suja e cada vez mais sexy, ela se mimetiza com o entorno, vira uma alma errante a mais. Até que, não aguentando a dor que lhe produz caminhar, se joga no rio (não para se matar). À deriva, chega numa ilhota com um farol. (Já não estamos na cidade, nem na civilização; a civilização está lá, a escassas milhas dela, ela a enxerga, mas não pode voltar.) Esses faróis são operados automaticamente. Mas nessa ilhota tem um faroleiro (ela não fica falando com as pedras): um velho barbudo e sujo, homem do bem - solitário e alcoólatra. Ele cuida da garota aparecida como por encantamento, oferece-lhe comida e agasalho. Deseja-a, é claro, mas não a estupra: tenta seduzi-la. Porém, um dia se excede, e ela se joga de novo na água (agora sim, para se afogar). (Talvez eu faça uma reflexão, estabeleça um paralelo entre a doença dela e os males da sociedade.) Ela perde a consciência. À beira da morte, entrevê quem é. Ela tem sorte: o capitão do ferry a Staten Island avista um vulto boiando, para máquinas, resgata-a. A jovem recobra totalmente a identidade e soluça, feito criança, sem roupa nenhuma, no deck do navio que a leva de volta a Manhattan. Não somos donos de nós. Vejo os displays nas maiores redes de livrarias, com a imagem dela em tamanho real. Vejo o filme, como Ray desejaria.
Capítulo 23 (rascunho)
Tomei o café da manhã no hotel e arrastei a mala praticamente de uma ponta à outra da rua 14, a vista fixa no chão, contornando com rápidos golpes de pulso os obstáculos na calçada. Meus olhos registravam formas e cores - das camisas das pessoas que passavam por mim, dos artigos expostos nas vitrines (o resto era tudo cinzento, amanheceu nublado) -, mas elas me chegavam como em surdina, deixando só uma leve impressão. Esforçava-me em reter a imagem das cruzes, que, aos poucos, iam escorregando do caderno, deixando de simbolizar qualquer coisa.
Quando cheguei à residência, um prédio novo, cor lilás, vi jovens empurrando contêiners contra as portas de vidro da entrada (terminado o ano universitário, iam embora, esvaziavam os quartos). Preenchi um formulário no guichê da recepção, e enquanto uma mulher comprovava meus dados li, com certa desilusão, que o café, um corredor ao longo da fachada, não ia reabrir até o início das aulas, em setembro.
O apartamento, no 3º andar, tinha uma sala, um banheiro, uma pequena cozinha (não separada da sala) e dois quartos, um a cada lado. O chão da sala era de carpete escuro; as paredes, de um branco desbotado, sem nenhum enfeite. Por toda mobília havia um sofá com armação de madeira ruim, encostos e assentos removíveis, e, ao fundo, em frente à janela, uma mesa redonda e três cadeiras. Amontoados na cozinha, copos, panelas e pratos sujos de dias atrás. Inóspita, com restos de comida por tudo e latas de cerveja jogadas na mesa e no chão, a sala parecia uma terra de ninguém. Talvez porque eu já estivesse resignado, esse abandono não mexeu com meu ânimo: é aqui que eu vou morar, simplesmente pensei.
Meu colega de quarto havia chegado. Suas malas estavam no estreito vão entre as duas camas, e em cima de um colchão vi um envelope como o que eu tinha na mão, com o nome Douglas Green e a sigla MCH escritos com marcador.
Nas estantes à cabeceira da cama coloquei livros que depois não ia ler. Na mesa embaixo das estantes enfileirei fotografias que não ia olhar mais, que só olhei naquele momento, ao apoiá-las na parede cuidando de não deixar oculto o rosto de nenhum amigo. As grossas pastas-fichário que recebemos no primeiro dia de aula - Book Publishing e Magazine Publishing -, com documentação exaustiva sobre cada palestrante e cada assunto do curso, também ficaram lá, esquecidas na pequena escrivaninha. Só as usaria de manhã, para me informar de quem iria nos falar durante o dia e decidir se poderia não assistir às palestras.
Quando cheguei à residência, um prédio novo, cor lilás, vi jovens empurrando contêiners contra as portas de vidro da entrada (terminado o ano universitário, iam embora, esvaziavam os quartos). Preenchi um formulário no guichê da recepção, e enquanto uma mulher comprovava meus dados li, com certa desilusão, que o café, um corredor ao longo da fachada, não ia reabrir até o início das aulas, em setembro.
O apartamento, no 3º andar, tinha uma sala, um banheiro, uma pequena cozinha (não separada da sala) e dois quartos, um a cada lado. O chão da sala era de carpete escuro; as paredes, de um branco desbotado, sem nenhum enfeite. Por toda mobília havia um sofá com armação de madeira ruim, encostos e assentos removíveis, e, ao fundo, em frente à janela, uma mesa redonda e três cadeiras. Amontoados na cozinha, copos, panelas e pratos sujos de dias atrás. Inóspita, com restos de comida por tudo e latas de cerveja jogadas na mesa e no chão, a sala parecia uma terra de ninguém. Talvez porque eu já estivesse resignado, esse abandono não mexeu com meu ânimo: é aqui que eu vou morar, simplesmente pensei.
Meu colega de quarto havia chegado. Suas malas estavam no estreito vão entre as duas camas, e em cima de um colchão vi um envelope como o que eu tinha na mão, com o nome Douglas Green e a sigla MCH escritos com marcador.
Nas estantes à cabeceira da cama coloquei livros que depois não ia ler. Na mesa embaixo das estantes enfileirei fotografias que não ia olhar mais, que só olhei naquele momento, ao apoiá-las na parede cuidando de não deixar oculto o rosto de nenhum amigo. As grossas pastas-fichário que recebemos no primeiro dia de aula - Book Publishing e Magazine Publishing -, com documentação exaustiva sobre cada palestrante e cada assunto do curso, também ficaram lá, esquecidas na pequena escrivaninha. Só as usaria de manhã, para me informar de quem iria nos falar durante o dia e decidir se poderia não assistir às palestras.
Capítulo 22 (rascunho)
"Cuidado com os livros que vocês vão querer editar", disse uma das primeiras palestrantes a nos visitar no prédio de Cooper Square - uma profissional de prestígio. (Na reunião de confraternização, Lilian e Ray, os coordenadores do curso, anunciaram que teríamos o privilégio de aprender, em menos de três meses e com os melhores profissionais, o que qualquer um que trabalhasse numa editora demoraria anos em aprender.) "Cuidado porque ninguém vai querer saber de nada que não venda mais de 30.000 exemplares. E isto é o que vocês vão ouvir: se quiserem editar esse tipo de livro, vão trabalhar numa editora independente." O próprio Ray dedicou a sessão inicial a falar de marketing, usando expressões como "selling points", "bestselling potential" ou "media relevance". Em que vocês reparam antes de comprar um livro?, perguntou. A cor da capa, o título, o assunto, a extensão? Ou no nome do autor, nos prêmios? Antes de comprar os direitos de qualquer original, pensem: o que levaria alguém a deixar $ 25 no balcão? Não esqueçam, podem-se comprar muitas coisas, com $ 25. Tenham um mercado em mente. Não pensem que todo o mundo vai querer comprar seu livro - pode ser que não o compre ninguém. Pensem em nichos de mercado específicos. Seu tamanho não é desprezível, neste país. Posso me permitir comprar esse original? Façam uma avaliação de custos e benefícios. A reputação do autor: vocês querem um autor com autoridade, com experiência. Existem livros concorrentes? Investiguem. Certifiquem-se de quais são os concorrentes. Há livros comparáveis? Este vai ser o próximo Bridget Jones' Diary? Ou o próximo... quê? Sim, mas também vai ser diferente. O assunto é de atualidade?, é controverso o bastante? Terá repercussão na mídia? Poderá virar filme? Se assim for, cuidem de que o livro esteja nas lojas dois meses antes. Considerem a hipótese de que seja o primeiro livro do autor: ninguém o conhece, isso pode ser bom. Mas, o editor deverá reescrevê-lo? Reescrever é um trabalho danado - demais, para um editor. Falem com os representantes, mimem os representantes comerciais da editora. Eles decidem, afinal, quais livros vão pular na hora de apresentar o catálogo às livrarias. Pensem como marqueteiros. Como editores, vocês não se dirigem ao público leitor.
Sunday, March 07, 2010
Darín
Sábado passado assisti, com a Anna, ao filme El secreto de sus ojos. Assisti concentrado, pensando, pelo que tinha ouvido, que podia ser uma obra mestra. A Anna adorou; eu gostei muito, mergulhei no filme, o que para mim não é pouco. Mas, ao sair, fui meio cri-cri, comentei com ela aqueles pequenos detalhes que tinham me desapontado, que me fizeram torcer o rosto e pensar, ai, isto não está à altura do resto. Só que - agora caiu a ficha, ao ler o nome dele num artigo do El País - esqueci de comentar, para ela e para mim mesmo, o mais importante: como Ricardo Darín está impressionante, de que maneira ele encarna sua personagem. Acho que foi por isso, porque só vi o protagonista da história, que esqueci de dizer: como é grande o Darín!
PS: Sorte para o filme, amanhã, no Oscar. Essa festa com tantos filmes medíocres (começando por Avatar, essa coisa brega).
PS2: Darín no CQC argentino:
PS: Sorte para o filme, amanhã, no Oscar. Essa festa com tantos filmes medíocres (começando por Avatar, essa coisa brega).
PS2: Darín no CQC argentino:
Saturday, March 06, 2010
Traduções ao português 11 (Running to Stand Still, de U2)
Ontem fiquei cantando esta canção, me veio à cabeça depois de muito tempo, mas eu lembrava bem. É uma música do lado B (ou a última do lado A?) do álbum The Joshua Tree (1987), de U2, e eu a escutei, com 15 anos (em 1990), quatro ou cinco vezes seguidas, numa aula de inglês em Dublin, onde passei três verões (três dos verões mais felizes de minha vida) "aprendendo" inglês (não era para aprender inglês que íamos). Depois não a escutei mais, não tocava nas rádios. (Só continuou tocando, até virar chata, de tão repetida, "With or Without You".)
Correr para não sair do lugar
Então ela acordou,
Acordou de onde estava, deitada quieta.
Disse, devo fazer alguma coisa
Sobre aonde estamos indo.
Subir num trem a vapor,
Sair da forte chuva, talvez,
Escapar da escuridão da noite.
Cantar ah, ah la la la de day
Ah la la la de day.
Doce o pecado, amargo o sabor em minha boca.
Vejo sete torres, mas só vejo uma saída.
Deves chorar sem pranto, falar sem palavras,
Gritar sem levantar a voz.
Sabes que tomei o veneno, da corrente de veneno
E então flutuei fora daqui, cantando
Ah la la la de day
Ah la la la de day.
Ela caminha pelas ruas
Com os olhos pintados de vermelho
Sob o estômago preto de uma nuvem, na chuva.
Atravessa uma porta
Me traz pérolas de ouro brancas
Roubadas do mar.
Está ansiosa,
Está ansiosa
E a tempestade explode em seus olhos.
Vai sofrer o arrepio da agulha.
Corre para não sair do lugar.
Tuesday, March 02, 2010
"Elle" au Musée de l'érotisme, Paris
Uma moça que há pouco esteve em Paris me mandou e deu permissão para publicar estas fotos do Musée de l'érotisme, que fica em Montmartre. Faço-o preservando sua identidade.

(Gostei do macaco. :p)


A moça-sem-nome me mandou, também, outras imagens do museu (estas não dá para dizer que sejam artísticas, mas enfim):




PS: Os nacionalistas catalães podem estar contentes, até nisso são diferentes dos espanhóis.
PS2: A moça e eu discutimos sobre o significado das três bolas brasileiras. Hoje entendi. A terceira bola é de futebol, é claro. Sempre que ela está rolando, as outras duas ficam quietas.
PS3: Tadinho do francês.
(Gostei do macaco. :p)
A moça-sem-nome me mandou, também, outras imagens do museu (estas não dá para dizer que sejam artísticas, mas enfim):
PS: Os nacionalistas catalães podem estar contentes, até nisso são diferentes dos espanhóis.
PS2: A moça e eu discutimos sobre o significado das três bolas brasileiras. Hoje entendi. A terceira bola é de futebol, é claro. Sempre que ela está rolando, as outras duas ficam quietas.
PS3: Tadinho do francês.
Saturday, February 27, 2010
Artur tem um problema (ou A fumaça do cigarro)
Pois me maravilhou saber que isso é objeto de estudo da matemática. Foi lendo a excelente reportagem "Artur tem um problema", na Piauí de janeiro, escrita por João Moreira Salles. Artur, matemático brasileiro, muito novo e considerado um dos mais talentosos do mundo, estuda os sistemas dinâmicos não-periódicos no Impa (Instituto Nacional de Matemática Pura e Aplicada), no Rio de Janeiro. Essa área da matemática, como todas, trabalha apenas com modelos, mas, por analogia, pode-se dizer que pretende "compreender a região acima do ponto de dissipação da fumaça". Moreira Salles descreve o fenômeno assim:
"A fumaça do cigarro sobe como uma fina coluna até que, por razões que independem da brisa ou do movimento da mão, ela se esgarça e passa a formar arabescos de trajetória imprevisível. É uma boa imagem para um sistema complexo que evolui da regularidade para o caos. Tomando-se a primeira molécula de fumaça saída do cigarro, pode-se prever sem dificuldade qual será sua posição futura dali a um segundo. Dali a 10 segundos, porém, a molécula terá se esgarçado e será impossível antecipar onde estará".
PS: Só não sei por que chamamos os tais arabescos de "arabescos", se os motivos árabes são geométricos...
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